Después de once años el cabo Moncayo sigue secuestrado en algún lugar de la selva, donde se ha consumido su juventud. Los años veinte de su vida que debieron ser sus ‘años locos’, como los de cualquier joven, son para este servidor de la Patria un amargo recuerdo de humillaciones, privaciones y esperanzas frustradas.
Es cierto que las FARC nunca debieron secuestrar al cabo Moncayo, pero en esa lógica las autodefensas nunca debieron asesinar a miles de colombianos y enterrarlos en fosas comunes; tampoco el Ejercito debió desaparecer jóvenes en las afueras de Bogotá y otras regiones del país para hacerlos pasar por guerrilleros para presentar ‘Positivos-falsos’ de la seguridad democrática; tampoco debería haber más de cuatro millones de personas desplazadas de su tierra -de manera forzosa- para ir a mendigar a las ciudades; tampoco algunos políticos debieron hacer alianzas con los paramilitares y narcotraficantes; tampoco deberían existir victimas de minas antipersonas porque la guerrilla y los narcotraficantes nunca debieron sembrarlas para proteger sus cultivos de coca; tampoco debieron venderse congresistas para dar su voto a favor de la reelección; tampoco debería haberse ‘chuzado’ los teléfonos de personajes de la clase política y de periodistas; y así por el estilo podaríamos enumerar un listado interminable de acciones que no deberían ocurrir en una sociedad democrática y en el marco del Estado Social de Derecho, pero que desafortunadamente ocurren porque el Estado es débil, la democracia inmadura y el país sub-desarrollado.
Otra parte del argumento, para no propiciar la liberación del cabo Moncayo es que no se puede permitir que esas liberaciones 'gota a gota' se utilicen como una estrategia de propaganda política del terrorismo. Pero el terrorismo no necesita que nadie le haga propaganda, ellos se promocionan por si solos sembrando el terror, poniendo bombas y secuestrando como han hecho con el concejal del municipio de Garzón en el Huila.
Es curioso que para la liberación de los políticos secuestrados no solo se permitió la mediación de la senadora Piedad Córdoba, sino que también se aceptó la ayuda de gobiernos extranjeros y en su momento del grupo de ‘Colombianos por la paz’. Pero ahora, que es un simple soldado, humilde, sin ningún poder militar porque esta en lo más bajo de la escala de mando, ni poder político, ni mucho menos económico porque hace parte de la gran masa de pobres de este país, de repente se considere que es parte de un show político que beneficia a los terroristas de las FARC. Y si así fuera, acaso después de siete años de seguridad democrática el Estado no es lo suficientemente fuerte para soportar un acto de esa calaña? ¿Acaso con las liberaciones anteriores se puso en riesgo la institucionalidad?
Ninguno de los espectáculos que se montaron en cada una de las liberaciones anteriores mejoró la percepción que los colombianos tenemos de la guerrilla, ni subió la popularidad de Piedad Córdoba; ni siquiera el éxito de la operación jaque – y su gran despliegue mediático- le dio popularidad suficiente al entonces ministro de defensa para ser hoy un candidato firme a la presidencia de la República. Entonces ¿por qué la resistencia a la liberación de un colombiano que cayó en manos de la guerrilla mientras le prestaba un servicio a la Patria?
Definitivamente, aunque el tiempo pasa y los discursos cambian parece que, como dice el libro de Alvaro Salóm Becerra, definitivamente “al pueblo nunca le toca”.
Es cierto que las FARC nunca debieron secuestrar al cabo Moncayo, pero en esa lógica las autodefensas nunca debieron asesinar a miles de colombianos y enterrarlos en fosas comunes; tampoco el Ejercito debió desaparecer jóvenes en las afueras de Bogotá y otras regiones del país para hacerlos pasar por guerrilleros para presentar ‘Positivos-falsos’ de la seguridad democrática; tampoco debería haber más de cuatro millones de personas desplazadas de su tierra -de manera forzosa- para ir a mendigar a las ciudades; tampoco algunos políticos debieron hacer alianzas con los paramilitares y narcotraficantes; tampoco deberían existir victimas de minas antipersonas porque la guerrilla y los narcotraficantes nunca debieron sembrarlas para proteger sus cultivos de coca; tampoco debieron venderse congresistas para dar su voto a favor de la reelección; tampoco debería haberse ‘chuzado’ los teléfonos de personajes de la clase política y de periodistas; y así por el estilo podaríamos enumerar un listado interminable de acciones que no deberían ocurrir en una sociedad democrática y en el marco del Estado Social de Derecho, pero que desafortunadamente ocurren porque el Estado es débil, la democracia inmadura y el país sub-desarrollado.
Otra parte del argumento, para no propiciar la liberación del cabo Moncayo es que no se puede permitir que esas liberaciones 'gota a gota' se utilicen como una estrategia de propaganda política del terrorismo. Pero el terrorismo no necesita que nadie le haga propaganda, ellos se promocionan por si solos sembrando el terror, poniendo bombas y secuestrando como han hecho con el concejal del municipio de Garzón en el Huila.
Es curioso que para la liberación de los políticos secuestrados no solo se permitió la mediación de la senadora Piedad Córdoba, sino que también se aceptó la ayuda de gobiernos extranjeros y en su momento del grupo de ‘Colombianos por la paz’. Pero ahora, que es un simple soldado, humilde, sin ningún poder militar porque esta en lo más bajo de la escala de mando, ni poder político, ni mucho menos económico porque hace parte de la gran masa de pobres de este país, de repente se considere que es parte de un show político que beneficia a los terroristas de las FARC. Y si así fuera, acaso después de siete años de seguridad democrática el Estado no es lo suficientemente fuerte para soportar un acto de esa calaña? ¿Acaso con las liberaciones anteriores se puso en riesgo la institucionalidad?
Ninguno de los espectáculos que se montaron en cada una de las liberaciones anteriores mejoró la percepción que los colombianos tenemos de la guerrilla, ni subió la popularidad de Piedad Córdoba; ni siquiera el éxito de la operación jaque – y su gran despliegue mediático- le dio popularidad suficiente al entonces ministro de defensa para ser hoy un candidato firme a la presidencia de la República. Entonces ¿por qué la resistencia a la liberación de un colombiano que cayó en manos de la guerrilla mientras le prestaba un servicio a la Patria?
Definitivamente, aunque el tiempo pasa y los discursos cambian parece que, como dice el libro de Alvaro Salóm Becerra, definitivamente “al pueblo nunca le toca”.
La idea de elegir personas a corporaciones públicas –servidores públicos- es que el ciudadano tenga la garantía de que sus impuestos se revierten en mejores condiciones de vida, en su entorno más próximo, hasta el ámbito local y regional. En otras palabras, que dado que el pago de impuestos garantiza el salario de los funcionarios públicos, la gasolina de los carros que se les destinan, los escoltas y hasta su manutención en ocasiones especiales, mediante los llamados gastos de representación, en consecuencia realicen una labor inteligente y eficaz a favor de la sociedad y que sea palpable en el transcurrir de la vida cotidiana de las personas.
Sin embargo, la realidad nos muestra otra cosa: funcionarios públicos que carecen de amabilidad con el ciudadano y por el contrario lo agraden al tratarlo con desdén y desaire; calles sucias, sin mobiliario urbano adecuado para mantenerla limpia (sin canecas de basura ni baños públicos); calles, parques y sitios inseguros, donde esta vetado pasar en algunas horas del día y de la noche y donde el riesgo corre por cuenta del ciudadano (aún cuando existe un CAI en las esquinas de esos barrios o parques); congestión y desorden vial con carros y buses que paran donde quieren y pasajeros que suben y bajan arriesgando sus vidas; calles atestadas de vendedores ambulantes donde se camuflan rateros, jíbaros y prostitutas; parques abandonados, convertidos en baños públicos y sitios para el mercadeo sexual; carros que contaminan más allá de lo permitido, excremento de perros por doquier, motos que van y vienen sin ningún tipo de control; en síntesis: caos, desorden y anarquía, y en medio de este crudo panorama ¿Qué están haciendo los servidores públicos?
No es justo que para que una persona o comunidad pueda satisfacer una necesidad o solucionar algún problema que le afecta de manera dramática su calidad de vida, tenga que suplicar y rogar para ser atendida o tenida en cuenta o si no la responsabilidad por las consecuencias que pueda tener son suyas, por no haber hecho ‘la gestión’ ante la administración o por no tener una ‘palanca’.
No es justo que las pequeñas obras de los barrios y la inclusión en programas de bienestar de niños, madres comunitarias o ancianos, dependan de la ‘buena gestión’ de un concejal, secretario de despacho o asesor del alcalde o gobernador, como si su actuación fuese un favor personal, aunque se sabe que después pasará cuenta de cobro en tiempos electorales.
No es justo que sean las empresas privadas, las ong’s y algunos grupos de ciudadanos, quienes constantemente estén estudiando, investigando y proponiendo acciones para tener una ciudad más limpia, segura, culta y competitiva, mientras que quienes tienen El Poder –y la obligación- de decidir, deambulan por las calles de la indiferencia sin decidirse a ejecutar planes, programas y proyectos obedeciendo a un modelo de ciudad y de Desarrollo, donde el centro de su acción sea la persona, y mejor se dediquen a hacer obras de cemento pensando en su inmortalidad y malgastando los recursos de cultura ciudadana y desarrollo social en proyectos insignificantes y programas asistencialitas que no dejan ningún impacto positivo en la calidad de vida y solo generan más pobreza y dependencia.
Son muchas las voces desde la academia, la empresa privada y las organizaciones sociales y comunitarias que reclaman a los servidores públicos que atiendan los asuntos públicos y le sirvan al público, para que los ciudadanos puedan dedicarse a disfrutar la ciudad, caminado tranquilamente por los andenes, jugando y charlando en parques limpios y seguros, entreteniéndose con los artistas callejeros y sobre todo consolidando el espíritu de la convivencia pacifica.
Sin embargo, la realidad nos muestra otra cosa: funcionarios públicos que carecen de amabilidad con el ciudadano y por el contrario lo agraden al tratarlo con desdén y desaire; calles sucias, sin mobiliario urbano adecuado para mantenerla limpia (sin canecas de basura ni baños públicos); calles, parques y sitios inseguros, donde esta vetado pasar en algunas horas del día y de la noche y donde el riesgo corre por cuenta del ciudadano (aún cuando existe un CAI en las esquinas de esos barrios o parques); congestión y desorden vial con carros y buses que paran donde quieren y pasajeros que suben y bajan arriesgando sus vidas; calles atestadas de vendedores ambulantes donde se camuflan rateros, jíbaros y prostitutas; parques abandonados, convertidos en baños públicos y sitios para el mercadeo sexual; carros que contaminan más allá de lo permitido, excremento de perros por doquier, motos que van y vienen sin ningún tipo de control; en síntesis: caos, desorden y anarquía, y en medio de este crudo panorama ¿Qué están haciendo los servidores públicos?
No es justo que para que una persona o comunidad pueda satisfacer una necesidad o solucionar algún problema que le afecta de manera dramática su calidad de vida, tenga que suplicar y rogar para ser atendida o tenida en cuenta o si no la responsabilidad por las consecuencias que pueda tener son suyas, por no haber hecho ‘la gestión’ ante la administración o por no tener una ‘palanca’.
No es justo que las pequeñas obras de los barrios y la inclusión en programas de bienestar de niños, madres comunitarias o ancianos, dependan de la ‘buena gestión’ de un concejal, secretario de despacho o asesor del alcalde o gobernador, como si su actuación fuese un favor personal, aunque se sabe que después pasará cuenta de cobro en tiempos electorales.
No es justo que sean las empresas privadas, las ong’s y algunos grupos de ciudadanos, quienes constantemente estén estudiando, investigando y proponiendo acciones para tener una ciudad más limpia, segura, culta y competitiva, mientras que quienes tienen El Poder –y la obligación- de decidir, deambulan por las calles de la indiferencia sin decidirse a ejecutar planes, programas y proyectos obedeciendo a un modelo de ciudad y de Desarrollo, donde el centro de su acción sea la persona, y mejor se dediquen a hacer obras de cemento pensando en su inmortalidad y malgastando los recursos de cultura ciudadana y desarrollo social en proyectos insignificantes y programas asistencialitas que no dejan ningún impacto positivo en la calidad de vida y solo generan más pobreza y dependencia.
Son muchas las voces desde la academia, la empresa privada y las organizaciones sociales y comunitarias que reclaman a los servidores públicos que atiendan los asuntos públicos y le sirvan al público, para que los ciudadanos puedan dedicarse a disfrutar la ciudad, caminado tranquilamente por los andenes, jugando y charlando en parques limpios y seguros, entreteniéndose con los artistas callejeros y sobre todo consolidando el espíritu de la convivencia pacifica.
En el límite entre Galán y Zapatoca esta el puente sobre la quebrada de la PAO. Hasta allí llegaban decenas de jóvenes, hombres y mujeres, en franca camaradería y compinchería, caminando desde las veredas por el ‘camino real’, a recoger el agua para cocinar los alimentos, dar de beber al ganado o lavar la ropa. Los muchachos demostraban su destreza y valentía cazando pequeños animales silvestres mientras las jóvenes, con la dulzura y fina coquetería campesina, sonreían y se sonrojaban con los sanos piropos de sus acompañantes. Eran tiempos de abundancia, con familias numerosas -de diez y hasta quince hijos- que con la alegría propia de la juventud se embromaban mutuamente. Era un campo verde y florido, rico en árboles frutales y una tierra buena para el tabaco, el maíz y el millo; la cría de camuros, chivos y vacas; con fiestas alegres al son del tiple o la guitarra, ‘jartando’ chicha y guarapo.
En medio de ese ambiente, a finales de la década de los cuarenta, llegaron los obreros con enormes máquinas trayendo el progreso: un puente metálico que reemplazaba una vieja estructura que la quebrada se había llevado. Este es un puente imponente, capaz de soportar el peso de los camiones que llevaban los bultos de alimentos desde San Vicente y Zapatoca hasta el Socorro y los buses con cientos de pasajeros que desde el Socorro iban para Barrancabermeja.
El puente quedó, los obreros se fueron –dejando uno que otro retoño por esas tierras – y en poco tiempo llegó aquel período cruel y patético de la historia política de Colombia, conocido como ‘La Violencia’, donde el pueblo raso se asesinaba entre si por su alineación y alienación delirante por un color partidista (ojo, eran los años cincuenta y no la época actual - por si acaso). Rojos y azules se volvieron de la nada enemigos sin importar si eran compadres de toda la vida, amigos, vecinos o familiares.
Con la violencia comenzó la gran migración del campo a las ciudades, en una época donde era posible el empleo y los sueños de casa, carro, estudio para los hijos y una pensión digna para la vejez. El campo se fue quedando cada vez más solo, abandonado y empobrecido. Ya no hay cultivos, la gente pasa hambre (sí, en el campo), pasan pocos carros pues ya no hay nada que llevar a vender al Socorro o a Galán; la quebrada cada día esta más seca y el puente es una vieja estructura metálica corroída con el paso de los años, el desgaste propio de su uso y una trampa mortal para los lugareños y los muy escasos turistas o visitantes que de vez en cuando llegan por estos rumbos.
Es increíble que habiendo salido de estas tierras –Galán y Zapatoca- ilustres hombres y mujeres de reconocimiento en la política regional y nacional no se hayan hecho ni se hagan las gestiones necesarias para hacerle mantenimiento al puente antes de que se caiga y deje a estos municipios incomunicados entre si y a los pocos transeúntes y los niños que deben pasar por allí, para ir a la escuela, expuestos a un peligro mortal.
La gente de Galán y Zapatoca esta preocupada por el estado del puente –con justa razón- pero, ¿quién gestiona su reparación? ¿Cuántos muertos hay que tener para que se mire esta realidad? Acaso no dicen que ¿es mejor prevenir que lamentar? Creo que es necesario que desde la Secretaría de Infraestructura de la Gobernación de Santander se le ponga la atención debida a esta situación antes de que el puente se caiga y tengamos que esperar otros cincuenta años para que lo reemplacen.
En medio de ese ambiente, a finales de la década de los cuarenta, llegaron los obreros con enormes máquinas trayendo el progreso: un puente metálico que reemplazaba una vieja estructura que la quebrada se había llevado. Este es un puente imponente, capaz de soportar el peso de los camiones que llevaban los bultos de alimentos desde San Vicente y Zapatoca hasta el Socorro y los buses con cientos de pasajeros que desde el Socorro iban para Barrancabermeja.
El puente quedó, los obreros se fueron –dejando uno que otro retoño por esas tierras – y en poco tiempo llegó aquel período cruel y patético de la historia política de Colombia, conocido como ‘La Violencia’, donde el pueblo raso se asesinaba entre si por su alineación y alienación delirante por un color partidista (ojo, eran los años cincuenta y no la época actual - por si acaso). Rojos y azules se volvieron de la nada enemigos sin importar si eran compadres de toda la vida, amigos, vecinos o familiares.
Con la violencia comenzó la gran migración del campo a las ciudades, en una época donde era posible el empleo y los sueños de casa, carro, estudio para los hijos y una pensión digna para la vejez. El campo se fue quedando cada vez más solo, abandonado y empobrecido. Ya no hay cultivos, la gente pasa hambre (sí, en el campo), pasan pocos carros pues ya no hay nada que llevar a vender al Socorro o a Galán; la quebrada cada día esta más seca y el puente es una vieja estructura metálica corroída con el paso de los años, el desgaste propio de su uso y una trampa mortal para los lugareños y los muy escasos turistas o visitantes que de vez en cuando llegan por estos rumbos.
Es increíble que habiendo salido de estas tierras –Galán y Zapatoca- ilustres hombres y mujeres de reconocimiento en la política regional y nacional no se hayan hecho ni se hagan las gestiones necesarias para hacerle mantenimiento al puente antes de que se caiga y deje a estos municipios incomunicados entre si y a los pocos transeúntes y los niños que deben pasar por allí, para ir a la escuela, expuestos a un peligro mortal.
La gente de Galán y Zapatoca esta preocupada por el estado del puente –con justa razón- pero, ¿quién gestiona su reparación? ¿Cuántos muertos hay que tener para que se mire esta realidad? Acaso no dicen que ¿es mejor prevenir que lamentar? Creo que es necesario que desde la Secretaría de Infraestructura de la Gobernación de Santander se le ponga la atención debida a esta situación antes de que el puente se caiga y tengamos que esperar otros cincuenta años para que lo reemplacen.
Lo que inicialmente era un camino recto y despejado hacia el desarrollo poco a poco ha terminado por convertirse en una serie de vericuetos hasta quedar en algo más parecido a un laberinto de contradicciones y sin salidas.
En medio del caos que dejaron los grises años de negociación en el caguan, que dejaron una guerrilla fortalecida, unos grupos paramilitares consolidados y un narcotráfico en auge, el país quiso aferrarse a una esperanza envuelta en un discurso duro, directo e intimidador, y el país comenzó a cambiar, más en percepción que en la realidad, pero la mayoría estaba complacida tanto que decidieron –sin chistar- cambiar la norma y las reglas de juego para que el nuevo mandatario pudiera terminar su tarea pues un período era algo muy corto y se requería otro para culminar.
Sin embargo, ahora que comienza a terminarse el tiempo de este segundo período hay quienes se empecinan en que es necesario un período más, pero el país ya muestra fatiga y cansancio de un discurso que por más que intenta resaltar sus bondades no puede tapar la realidad que lo empaña. Hoy se reconoce la disminución del secuestro aunque aun quedan más de mil secuestrados; los duros golpes a la guerrilla de las FARC que la han diezmado, aunque no aun no se da su derrota definitiva; una fuerte lucha contra el narcotráfico, aunque los cultivos de coca se han propagado por todo el país; se terminaron los retenes de las guerrillas en las carreteras, aunque los proyectos viales han fracasado; el encarcelamiento y extradición de narco-paramilitares, aunque de allí han surgido nuevos grupos o bandas criminales; un presidente que trabaja, trabaja y trabaja; aunque el desempleo sigue en aumento.
Aquella esperanza de desterrar la corrupción y la politiquería, es solo un recuerdo que alimenta los chistes de salón, pues nunca antes el país había tenido tantos congresistas en la cárcel sindicados de hacer política con el apoyo de grupos paramilitares; ex-funcionarios del gobierno vinculados con grupos mafiosos; la promesa de la meritocracia solo ha sido un juego de palabras pues los cargos en embajadas y consulados son para los amigos o hijos de los amigos del gobierno; y otras tantas cosas, como el incremento del desplazamiento forzado o las chuzadas del DAS, han generado una paradoja nacional que se mueve entre seguir en lo mismo a costa de acabar con la divergencia; cambiar algo para que todo siga igual, o cambiar verdaderamente hacia una opción democrática virando al centro del espectro político nacional.
Ahora es claro que el discurso semanal contra un enemigo común, pretendiendo hacernos olvidar de los otros ámbitos donde se desarrolla el ser social, ya no llena las expectativas de las mayorías, sino que se erige por si mismo como señal para el relevo, no de sujetos sino de modelo. Por eso aquellos que decidieron prescindir de si mismos para imitar en gestos y posturas a un ídolo pasajero; o aquellos que siguieron la estrategia del ciclista para mostrarse después como alternativa de una realidad que ellos mismo provocaron, pagarán su falta de originalidad y de coherencia, con la indiferencia de un ciudadano que ha madurado y sabrá escoger entre quienes han sido coherentes y consistentes en una apuesta por el país que se requiere en estos tiempos de globalización, crisis económica, sostenibilidad ecológica y respeto por los derechos humanos.
En medio del caos que dejaron los grises años de negociación en el caguan, que dejaron una guerrilla fortalecida, unos grupos paramilitares consolidados y un narcotráfico en auge, el país quiso aferrarse a una esperanza envuelta en un discurso duro, directo e intimidador, y el país comenzó a cambiar, más en percepción que en la realidad, pero la mayoría estaba complacida tanto que decidieron –sin chistar- cambiar la norma y las reglas de juego para que el nuevo mandatario pudiera terminar su tarea pues un período era algo muy corto y se requería otro para culminar.
Sin embargo, ahora que comienza a terminarse el tiempo de este segundo período hay quienes se empecinan en que es necesario un período más, pero el país ya muestra fatiga y cansancio de un discurso que por más que intenta resaltar sus bondades no puede tapar la realidad que lo empaña. Hoy se reconoce la disminución del secuestro aunque aun quedan más de mil secuestrados; los duros golpes a la guerrilla de las FARC que la han diezmado, aunque no aun no se da su derrota definitiva; una fuerte lucha contra el narcotráfico, aunque los cultivos de coca se han propagado por todo el país; se terminaron los retenes de las guerrillas en las carreteras, aunque los proyectos viales han fracasado; el encarcelamiento y extradición de narco-paramilitares, aunque de allí han surgido nuevos grupos o bandas criminales; un presidente que trabaja, trabaja y trabaja; aunque el desempleo sigue en aumento.
Aquella esperanza de desterrar la corrupción y la politiquería, es solo un recuerdo que alimenta los chistes de salón, pues nunca antes el país había tenido tantos congresistas en la cárcel sindicados de hacer política con el apoyo de grupos paramilitares; ex-funcionarios del gobierno vinculados con grupos mafiosos; la promesa de la meritocracia solo ha sido un juego de palabras pues los cargos en embajadas y consulados son para los amigos o hijos de los amigos del gobierno; y otras tantas cosas, como el incremento del desplazamiento forzado o las chuzadas del DAS, han generado una paradoja nacional que se mueve entre seguir en lo mismo a costa de acabar con la divergencia; cambiar algo para que todo siga igual, o cambiar verdaderamente hacia una opción democrática virando al centro del espectro político nacional.
Ahora es claro que el discurso semanal contra un enemigo común, pretendiendo hacernos olvidar de los otros ámbitos donde se desarrolla el ser social, ya no llena las expectativas de las mayorías, sino que se erige por si mismo como señal para el relevo, no de sujetos sino de modelo. Por eso aquellos que decidieron prescindir de si mismos para imitar en gestos y posturas a un ídolo pasajero; o aquellos que siguieron la estrategia del ciclista para mostrarse después como alternativa de una realidad que ellos mismo provocaron, pagarán su falta de originalidad y de coherencia, con la indiferencia de un ciudadano que ha madurado y sabrá escoger entre quienes han sido coherentes y consistentes en una apuesta por el país que se requiere en estos tiempos de globalización, crisis económica, sostenibilidad ecológica y respeto por los derechos humanos.
Es evidente que el desarrollo de la tecnología, especialmente en el campo de las comunicaciones, ha generado una nueva serie de hábitos y costumbres en la vida cotidiana de las personas; desde la forma de informarse hasta la manera de comunicarse con amigos y familiares, pasando por las relaciones laborales. Pero desafortunadamente el desarrollo tecnológico no llega por igual a todo el mundo, obviamente quienes están en los centros urbanos y tienen mejores condiciones económicas tienen un acceso más rápido que aquellos cuyas condiciones económicas o socioculturales son más precarias o están lejos de la urbe. Esta no es una preocupación propia de los ingenieros de sistemas y ni siquiera de sociólogos o profesionales de las ciencias sociales quienes hasta hoy han aprovechado muy poco el desarrollo tecnológico en beneficio de la profesión.
En el caso de los ingenieros, casi siempre el centro de sus preocupaciones esta en la innovación tecnológica “per se”, en la búsqueda de nuevos usos o la simplificación de procesos para hacer más eficiente o práctico algún aparato o herramienta. Por esa razón, es muy grato que en medio de ese vasto mundo de la computación, los video juegos, los móviles, las aplicaciones web y mucho más, encontrar a una persona que habiendo alcanzado en el mundo académico lo que para los escaladores es el everest, tenga en el centro de su preocupación la idea de que los avances en ciencia y tecnología no acrecienten la brecha entre ricos y pobres, sino que sean un elemento clave del Desarrollo y el fortalecimiento de la Democracia Participativa. Esa persona es el Ingeniero Eduardo Carrillo Zambrano.
Eduardo Carrillo no solo es doctor en tecnologías de información, computación y comunicaciones, sino que tiene mención de doctorado europeo, un titulo que se da a quien hace el doctorado en un país europeo y que es evaluado por un jurado conformado por personas que son de un país diferente de donde se hizo la tesis, que además debe estar redactada en un idioma diferente al original del país donde se hizo el doctorado. Hoy él es el único profesional, que vive y trabaja en Santander, con la distinción de doctorado europeo.
En el caso de los ingenieros, casi siempre el centro de sus preocupaciones esta en la innovación tecnológica “per se”, en la búsqueda de nuevos usos o la simplificación de procesos para hacer más eficiente o práctico algún aparato o herramienta. Por esa razón, es muy grato que en medio de ese vasto mundo de la computación, los video juegos, los móviles, las aplicaciones web y mucho más, encontrar a una persona que habiendo alcanzado en el mundo académico lo que para los escaladores es el everest, tenga en el centro de su preocupación la idea de que los avances en ciencia y tecnología no acrecienten la brecha entre ricos y pobres, sino que sean un elemento clave del Desarrollo y el fortalecimiento de la Democracia Participativa. Esa persona es el Ingeniero Eduardo Carrillo Zambrano.
Eduardo Carrillo no solo es doctor en tecnologías de información, computación y comunicaciones, sino que tiene mención de doctorado europeo, un titulo que se da a quien hace el doctorado en un país europeo y que es evaluado por un jurado conformado por personas que son de un país diferente de donde se hizo la tesis, que además debe estar redactada en un idioma diferente al original del país donde se hizo el doctorado. Hoy él es el único profesional, que vive y trabaja en Santander, con la distinción de doctorado europeo.
Allí desde el laboratorio de computo especializado de la UNAB, el ingeniero Carrillo dirigió, exitosamente, el desarrollo del Cuarto Congreso Colombiano de Computación, el evento más importante en tecnología para Bucaramanga y Santander, donde se dio la oportunidad a los empresarios de exponer, ver la oferta de empresas de base tecnológica que existe en el país y de interactuar con la academia; a su vez los académicos tuvieron la oportunidad de actualizarse al más alto nivel y de conocer la experiencia de Cesar Muñoz, Colombiano que investiga en la NASA. En el marco de este magno evento el Ingeniero Eduardo Carrillo fue nombrado Presidente de la Sociedad Colombiana de Computación, un reconocimiento a su trabajo ejemplar como científico, docente e investigador.
Por esta razón, desde esta columna me uno a la exaltación de este santandereano que desde la cumbre de la formación académica ha coadyuvado a la creación de grupos de investigación interdisciplinarios y a la formación de jóvenes ingenieros que hoy están en la punta del desarrollo en investigación e innovación tecnológica. Pero además me uno a su preocupación permanente por encontrar caminos que posibiliten la concreción de aquellas ideas que permitirán la creación de mecanismos y herramientas concretas que le ayudaran a la gente, la más pobre y vulnerable, a mejor su calidad de vida.
Reitero mis felicitaciones al doctor Eduardo Carrillo Zambrano, por ser un ejemplo para las nuevas generaciones de ingenieros y felicitaciones a la UNAB por reconocer la jerarquía de nuestros talentos.
LAURA MARCELA SERRANO VECINO
Estudiante Colegio San Pedro
Publicado en EL FRENTE, Mayo 02 de 2009
Me cuenta mi abuelo que hubo una época en la que los niños eran felices de serlo, los viejos querían vivir más y los jóvenes anhelaban madurar. Me dice que ahora ve con tristeza lo que queda de aquellos tiempos: nada o muy poco.
Es que mi abuelo es un ser de aquellos que antaño gozaron la vida y hoy sienten la desolación de una sociedad en la que se han diluido aquellos valores que le infundieron y se volvieron los grandes tesoros de su vida: la honradez, la valentía, el honor, el compromiso de la palabra y la libertad. Mi abuelo dice que no es él de quien se preocupa, sino de mi y sus otros veinte nietos que hemos resultado gravemente afectados por esta sociedad que se vanagloria de una “nueva era” que nada nuevo ha traído.
Abuelos como el mio, hay miles, en los que sus ojos ya no reflejan sabiduría sino nostalgia al recordar esos días en los que la gente valoraba su espíritu humano y que ahora hemos olvidado. Ya ni siquiera reconocemos como parte de nuestra naturaleza la necesidad de interactuar con otras personas; ahora se prefiere recurrir a seres anónimos y distantes a través de medios virtuales, donde no existe el contacto personal y todos se aferran a sus mascaras. Hemos logrado un mundo frio, ausente de calidez humana, haciéndonos cada vez personas vacías que estúpidamente nos dejamos maravillar por nuevos aparatos que lo unico que hacen por nosotros es alejarnos social, cultural y afectivamente de todo lo que observamos y que alguna vez nos perteneció.
Podría refutarle a mi abuelo su argumento, si digo que los tiempos han cambiado. Pero entonces pienso si al igual que los tiempos y la tecnología nosotros también estamos evolucionando, o simplemente estamos cayendo en un retroceso intelectual y cultural a pasos gigantescos. Un claro ejemplo: la mujer era una figura enaltecida de belleza y de honor, símbolo de maternidad y afecto, ahora se ha reemplazado por una mera representación sexual. Parece que se nos está acabando el pudor, pues a diferencia de nuestros antecesores, nosotros no entendemos el verdadero sentido del amor y la entrega, nos hace falta sentir para saber reconocer el amor como un acto sagrado y completamente divino de amor, y no como una trivialidad más, parte del mundo vacio y vanal que somos ahora.
Mi abuelo aún se reune con sus amigos a hablar un rato, hablan y hablan, porque para ellos la palabra todavía tiene sentido, porque en el mundo en el que crecieron les enseñaron lo que a nosotros mayor falta nos hace, y es que el compromiso que se hace con la palabra, es una promesa del alma.
Ya no encuentro más motivos para refutarle a mi abuelo de que ahora es mejor que antes, pues en este momento desearía haber vivido en su tiempo, hablando poco y escuchando más, porque probablemente habría aprendido que la fortaleza de las palabras cuando son dichas con seguridad y razón penetran el alma.
Sin embargo soy joven y me aferro a pensar que aún estamos a tiempo de revertir esta masacre de la vida y la cultura, que seremos capaces de restaurar las grietas que nosotros mismos hemos abierto en el corazón de nuestra historia, porque tenemos lo necesario, una voz fuerte y decidida, y aunque nos falte llenarla de convicciones, nuestros ideales son amplios y debemos estar dispuestos a todo por ellos, mientras tengamos la fortaleza suficiente para hacer del planeta nuestro hogar.
Estudiante Colegio San Pedro
Publicado en EL FRENTE, Mayo 02 de 2009
Me cuenta mi abuelo que hubo una época en la que los niños eran felices de serlo, los viejos querían vivir más y los jóvenes anhelaban madurar. Me dice que ahora ve con tristeza lo que queda de aquellos tiempos: nada o muy poco.
Es que mi abuelo es un ser de aquellos que antaño gozaron la vida y hoy sienten la desolación de una sociedad en la que se han diluido aquellos valores que le infundieron y se volvieron los grandes tesoros de su vida: la honradez, la valentía, el honor, el compromiso de la palabra y la libertad. Mi abuelo dice que no es él de quien se preocupa, sino de mi y sus otros veinte nietos que hemos resultado gravemente afectados por esta sociedad que se vanagloria de una “nueva era” que nada nuevo ha traído.
Abuelos como el mio, hay miles, en los que sus ojos ya no reflejan sabiduría sino nostalgia al recordar esos días en los que la gente valoraba su espíritu humano y que ahora hemos olvidado. Ya ni siquiera reconocemos como parte de nuestra naturaleza la necesidad de interactuar con otras personas; ahora se prefiere recurrir a seres anónimos y distantes a través de medios virtuales, donde no existe el contacto personal y todos se aferran a sus mascaras. Hemos logrado un mundo frio, ausente de calidez humana, haciéndonos cada vez personas vacías que estúpidamente nos dejamos maravillar por nuevos aparatos que lo unico que hacen por nosotros es alejarnos social, cultural y afectivamente de todo lo que observamos y que alguna vez nos perteneció.
Podría refutarle a mi abuelo su argumento, si digo que los tiempos han cambiado. Pero entonces pienso si al igual que los tiempos y la tecnología nosotros también estamos evolucionando, o simplemente estamos cayendo en un retroceso intelectual y cultural a pasos gigantescos. Un claro ejemplo: la mujer era una figura enaltecida de belleza y de honor, símbolo de maternidad y afecto, ahora se ha reemplazado por una mera representación sexual. Parece que se nos está acabando el pudor, pues a diferencia de nuestros antecesores, nosotros no entendemos el verdadero sentido del amor y la entrega, nos hace falta sentir para saber reconocer el amor como un acto sagrado y completamente divino de amor, y no como una trivialidad más, parte del mundo vacio y vanal que somos ahora.
Mi abuelo aún se reune con sus amigos a hablar un rato, hablan y hablan, porque para ellos la palabra todavía tiene sentido, porque en el mundo en el que crecieron les enseñaron lo que a nosotros mayor falta nos hace, y es que el compromiso que se hace con la palabra, es una promesa del alma.
Ya no encuentro más motivos para refutarle a mi abuelo de que ahora es mejor que antes, pues en este momento desearía haber vivido en su tiempo, hablando poco y escuchando más, porque probablemente habría aprendido que la fortaleza de las palabras cuando son dichas con seguridad y razón penetran el alma.
Sin embargo soy joven y me aferro a pensar que aún estamos a tiempo de revertir esta masacre de la vida y la cultura, que seremos capaces de restaurar las grietas que nosotros mismos hemos abierto en el corazón de nuestra historia, porque tenemos lo necesario, una voz fuerte y decidida, y aunque nos falte llenarla de convicciones, nuestros ideales son amplios y debemos estar dispuestos a todo por ellos, mientras tengamos la fortaleza suficiente para hacer del planeta nuestro hogar.
Cambiar la norma para hacer que cambie la realidad es una vieja tradición (y pretensión) de los colombianos, así como imponer sanciones y multas antes de promover acciones pedagógicas; pero los procesos sociales no funcionan así, sino al contrario, las normas y leyes surgen de las dinámicas socio-culturales y la gente atiende mejor en el consenso que en la represión.
Lo que expongo ahora tiene que ver con la primera parte de mi enunciado, que esta referido a la idea de Bucaramanga como una Ciudad-Región. En principio esta es una idea de la que ya se había venido hablando en recintos académicos, sin trascendencia mediática y por personas sin poder político, solo interesados en el Desarrollo a Escala Humana; pero de un momento a otro el asunto se volvió mediático gracias a que la propuesta ha sido planteada por el alcalde de Bucaramanga.
Sin embargo, los argumentos del alcalde para hacer de Bucaramanga una Ciudad-Región, aun no son muy claros, pues el hecho de que en el departamento se estén desarrollando cuatro mega proyectos como la Hidroeléctrica del Río Sogamoso, el Parque Nacional del Chicamocha, el Embalse de Tona y la transformación de la malla vial del Área Metropolitana de Bucaramanga, y que en función de ellos “queden descritos los temas de desarrollo turístico, infraestructura vial, educación y servicios públicos, en un Plan Marco de Desarrollo, a fin de que los próximos alcaldes no puedan paralizar las obras o modificar los proyectos”, parece más una tarea del Departamento y de voluntad política de los alcaldes del Área Metropolitana.
Pero, si las cosas pasan por la voluntad política de los alcaldes del AMB, parece que estamos algo lejanos de concretar cualquier cosa, pues solo basta ver la constante amenaza de “salirse” del Área Metropolitana si no se atienden sus intereses burocráticos. Entonces, cómo pensar Ciudad-Región si dominan aquellas visiones más preocupadas por el origen de los recursos que por la naturaleza y dinámica de los problemas. En ese sentido hay un antecedente: la idea del Distrito Metropolitano que no ha prosperado gracias a una concepción estrecha y egoísta del Desarrollo Territorial.
Ciudad-Región no es un asunto de coyuntura, ni una maniobra política, ni un acto legislativo; es una necesidad del Desarrollo para nuestra realidad diversa y fragmentada, en un mundo globalizado que exige a gritos la integración de nodos socio-económicos que puedan lograr su propio Desarrollo y contribuir a la sostenibilidad de la Nación y del Planeta.
Tenemos el desafío de aprender más de lo que somos, quiénes somos y cuántos somos; para ello es importante, desde el punto de vista de la Ciudad-Región, conocer los mapas económicos, ambientales, culturales, políticos y sociales de nuestra región, cómo se cruzan y que arrojan. En ese sentido debemos saber qué producimos, en qué cantidades y para quienes; cuál es la cantidad y calidad de nuestras tierras, su uso actual y el uso potencial; cuánto empleo - desempleo tenemos, en dónde y cuánto podemos generar; cuánto aporta cada municipio al crecimiento económico regional y por sobre todo cómo es el nivel de vida de la personas que habitan estos territorios (acceso a la educación, salud, vivienda, niveles de nutrición, etc.); cuál es la dinámica de la migración campo-ciudad –sus causas y consecuencias- y la del desplazamiento forzado; cuál es la situación del conflicto armado, actores de la guerra, situación de Derechos Humanos y victimas del conflicto, entre otros.
La Ciudad-Región requiere un liderazgo de una administración pública eficaz, transparente, eficiente y que camine de la mano con la participación ciudadana. Por eso, ésta debe ser una idea construida con el concurso de todos: academia, ongs, iglesias, empresarios, líderes comunitarios y por supuesto servidores públicos.
Por ahora necesitamos mucha información y sobre todo evidenciar el problema antes de plantear la solución.
Lo que expongo ahora tiene que ver con la primera parte de mi enunciado, que esta referido a la idea de Bucaramanga como una Ciudad-Región. En principio esta es una idea de la que ya se había venido hablando en recintos académicos, sin trascendencia mediática y por personas sin poder político, solo interesados en el Desarrollo a Escala Humana; pero de un momento a otro el asunto se volvió mediático gracias a que la propuesta ha sido planteada por el alcalde de Bucaramanga.
Sin embargo, los argumentos del alcalde para hacer de Bucaramanga una Ciudad-Región, aun no son muy claros, pues el hecho de que en el departamento se estén desarrollando cuatro mega proyectos como la Hidroeléctrica del Río Sogamoso, el Parque Nacional del Chicamocha, el Embalse de Tona y la transformación de la malla vial del Área Metropolitana de Bucaramanga, y que en función de ellos “queden descritos los temas de desarrollo turístico, infraestructura vial, educación y servicios públicos, en un Plan Marco de Desarrollo, a fin de que los próximos alcaldes no puedan paralizar las obras o modificar los proyectos”, parece más una tarea del Departamento y de voluntad política de los alcaldes del Área Metropolitana.
Pero, si las cosas pasan por la voluntad política de los alcaldes del AMB, parece que estamos algo lejanos de concretar cualquier cosa, pues solo basta ver la constante amenaza de “salirse” del Área Metropolitana si no se atienden sus intereses burocráticos. Entonces, cómo pensar Ciudad-Región si dominan aquellas visiones más preocupadas por el origen de los recursos que por la naturaleza y dinámica de los problemas. En ese sentido hay un antecedente: la idea del Distrito Metropolitano que no ha prosperado gracias a una concepción estrecha y egoísta del Desarrollo Territorial.
Ciudad-Región no es un asunto de coyuntura, ni una maniobra política, ni un acto legislativo; es una necesidad del Desarrollo para nuestra realidad diversa y fragmentada, en un mundo globalizado que exige a gritos la integración de nodos socio-económicos que puedan lograr su propio Desarrollo y contribuir a la sostenibilidad de la Nación y del Planeta.
Tenemos el desafío de aprender más de lo que somos, quiénes somos y cuántos somos; para ello es importante, desde el punto de vista de la Ciudad-Región, conocer los mapas económicos, ambientales, culturales, políticos y sociales de nuestra región, cómo se cruzan y que arrojan. En ese sentido debemos saber qué producimos, en qué cantidades y para quienes; cuál es la cantidad y calidad de nuestras tierras, su uso actual y el uso potencial; cuánto empleo - desempleo tenemos, en dónde y cuánto podemos generar; cuánto aporta cada municipio al crecimiento económico regional y por sobre todo cómo es el nivel de vida de la personas que habitan estos territorios (acceso a la educación, salud, vivienda, niveles de nutrición, etc.); cuál es la dinámica de la migración campo-ciudad –sus causas y consecuencias- y la del desplazamiento forzado; cuál es la situación del conflicto armado, actores de la guerra, situación de Derechos Humanos y victimas del conflicto, entre otros.
La Ciudad-Región requiere un liderazgo de una administración pública eficaz, transparente, eficiente y que camine de la mano con la participación ciudadana. Por eso, ésta debe ser una idea construida con el concurso de todos: academia, ongs, iglesias, empresarios, líderes comunitarios y por supuesto servidores públicos.
Por ahora necesitamos mucha información y sobre todo evidenciar el problema antes de plantear la solución.
En una sociedad donde las múltiples expresiones de la violencia son el pan de cada día, y donde, entre esas violencias, es el conflicto armado al que se le dedica más despliegue y le conceden mayor espacio en los medios de información, y –además- es el elemento estructural que más preocupa a un sector de la clase política, que con angustias re-eleccionistas lo maximiza a través de un reiterativo discurso que –desde hace seis años- pregona su fin inminente; es muy normal que la mayoría de las personas asocien la paz simplemente como la ausencia de la guerra.
Por eso es muy grato encontrar que al contrario de lo que muchos creen, las nuevas generaciones -conocedoras del conflicto armado desde el vientre materno- anhelan profundamente, no solo la ausencia de la guerra, sino una sociedad sin corrupción, justa, segura, tolerante, solidaria y democrática, porque han comprendido que ‘la paz es un proceso social, activo y multidimensional, que asume el conflicto como base para el diálogo y el cambio’. Que la paz es justicia y equidad.
De esta manera la paz, como construcción social, adquiere dimensiones reales de acuerdo a los roles y el lugar en la estructura social de cada quien; es decir que cada persona aporta desde lo que hace y desde lo que es, según la dimensión que comparta con su prójimo. Hoy las nuevas generaciones, en vez de refugiarse en las vagas ilusiones que ofrecen los mercaderes de la superación personal, envían un mensaje de esperanza donde la reconciliación y re-construcción del tejido humano son posibles, haciendo cada uno su parte; es decir mediante el desarrollo de las acciones concretas que cada persona realiza desde su entorno más próximo (el mundo de los afectos, el parentesco y lo comunitario) como respuesta a la violencia directa y cultural, hasta las acciones más complejas (en el mundo de la relaciones laborales, profesionales y normativas) como respuesta a la violencia estructural.
En este sentido se diseñó el proyecto “Jóvenes al Ritmo de la paz”, en la idea de acercar los intereses y motivaciones de los jóvenes por la vida, a través de la música, con las necesidades de una sociedad fracturada por la violencia. Aquí encontramos que es posible es posible que se desarrollen mecanismos de promoción de los derechos humanos, donde los jóvenes pueden pregonar abiertamente, desde lo que son y lo que hacen, que la construcción de una cultura de paz significa ‘modificar las actitudes, las creencias y los comportamientos - desde las situaciones de la vida cotidiana hasta las negociaciones de alto nivel entre paises - de modo que nuestra respuesta natural a los conflictos sea no violenta y que nuestras reacciones instintivas se orienten hacia la negociación y el razonamiento, y no hacia la agresión’.(UNESCO)
Esta experiencia se expresa de manera concreta en el Disco Compacto que se presentará mañana viernes a las cinco de la tarde en la Casa del Libro Total, donde cinco jóvenes le cantarán a la sociedad colombiana “Al Ritmo de la Paz”.
Por eso es muy grato encontrar que al contrario de lo que muchos creen, las nuevas generaciones -conocedoras del conflicto armado desde el vientre materno- anhelan profundamente, no solo la ausencia de la guerra, sino una sociedad sin corrupción, justa, segura, tolerante, solidaria y democrática, porque han comprendido que ‘la paz es un proceso social, activo y multidimensional, que asume el conflicto como base para el diálogo y el cambio’. Que la paz es justicia y equidad.
De esta manera la paz, como construcción social, adquiere dimensiones reales de acuerdo a los roles y el lugar en la estructura social de cada quien; es decir que cada persona aporta desde lo que hace y desde lo que es, según la dimensión que comparta con su prójimo. Hoy las nuevas generaciones, en vez de refugiarse en las vagas ilusiones que ofrecen los mercaderes de la superación personal, envían un mensaje de esperanza donde la reconciliación y re-construcción del tejido humano son posibles, haciendo cada uno su parte; es decir mediante el desarrollo de las acciones concretas que cada persona realiza desde su entorno más próximo (el mundo de los afectos, el parentesco y lo comunitario) como respuesta a la violencia directa y cultural, hasta las acciones más complejas (en el mundo de la relaciones laborales, profesionales y normativas) como respuesta a la violencia estructural.
En este sentido se diseñó el proyecto “Jóvenes al Ritmo de la paz”, en la idea de acercar los intereses y motivaciones de los jóvenes por la vida, a través de la música, con las necesidades de una sociedad fracturada por la violencia. Aquí encontramos que es posible es posible que se desarrollen mecanismos de promoción de los derechos humanos, donde los jóvenes pueden pregonar abiertamente, desde lo que son y lo que hacen, que la construcción de una cultura de paz significa ‘modificar las actitudes, las creencias y los comportamientos - desde las situaciones de la vida cotidiana hasta las negociaciones de alto nivel entre paises - de modo que nuestra respuesta natural a los conflictos sea no violenta y que nuestras reacciones instintivas se orienten hacia la negociación y el razonamiento, y no hacia la agresión’.(UNESCO)
Esta experiencia se expresa de manera concreta en el Disco Compacto que se presentará mañana viernes a las cinco de la tarde en la Casa del Libro Total, donde cinco jóvenes le cantarán a la sociedad colombiana “Al Ritmo de la Paz”.
¿Cómo desarrollamos una agenda común de temas fundamentales para el país? Esta pregunta abre las puertas, de las posibilidades y oportunidades, para que los ciudadanos de todas las vertientes ideológicas, actividades económicas y sociales, convengamos en acciones consensuadas para construir un futuro más próspero, pacífico y equitativo para todos los colombianos.
La idea promovida por un grupo de líderes sociales, empresariales y académicos se ha denominado: “Evolución Colombia, Un Horizonte Compartido”. Una iniciativa que nos invita a construir nuevas formas de observar lo que está ocurriendo en Colombia y el rol propio de los diferentes actores en esta realidad; a desarrollar nuevas relaciones de confianza y cooperación entre personas y sectores sociales, económicos, políticos y culturales; y desarrollar nuevas capacidades en el país para definir estrategias y acciones colectivas que permitan cambios duraderos y sostenibles en las situaciones complejas que afrontamos.
El reto está en tener la capacidad de poner entre paréntesis lo que hasta hoy han sido nuestras posturas y paradigmas, como diría Husserl –suspender el juicio- y ver las cosas tal como se nos dan; obligarnos a ver la misma cosa desde la perspectiva del otro y de los otros (repito sin hacer juicios) y tratar de comprender su postura, confrontándola con la propia. Esta dinámica nos pone en la cima de nuestra interpretación y nos amplia el horizonte de nuestra mirada, permitiéndonos una reinterpretación de esa realidad, descubriendo nuevas cosas que nos posibilitan una re-creación del mundo que tenemos hacia lo que queremos.
En estos momentos, en que el agotamiento por las acciones dispersas en distintos sectores frente a un mismo tema, viene reclamando la necesidad de actuar en conjunto con un propósito común –de quienes hacen parte de un mismo gremio o actividad económica, social o cultural- esta iniciativa cae muy bien. Sin embargo ¿Qué nos asegura que esto no terminará en un documento más con buenas intenciones de cambio? o ¿para qué una agenda más si ya tenemos muchas? Son preguntas apenas obvias en una sociedad que pasa permanentemente por el desencanto de sus ilusiones y en donde la desconfianza e indiferencia se han vuelto parte de nuestra forma de ser.
Con respecto a la primera pregunta, los promotores de esta iniciativa aseguran que no se trata de terminar en una proclama o un ‘valioso’ documento con recomendaciones y directrices. Se trata de ponernos de acuerdo en uno, dos o tres asuntos estratégicos de la región y del país, que podamos desarrollar en un tiempo definido y que muestre resultados concretos. La respuesta a la segunda pregunta esta relacionada con la primera, tenemos muchas agendas porque hemos sido incapaces de ponernos de acuerdo; somos desconfiados con ‘el otro’, con aquel que piensa e interpreta el mundo de una manera distinta a la propia.
¿Será que podemos los Santandereanos ponernos de acuerdo en una Agenda Regional Común? ¿Podremos encontrar un punto de encuentro y equilibrio entre la Competitividad y la Justicia Social?
Nota: los promotores de esta iniciativa son: El Centro de Liderazgo y Gestión; Fescol y Redepaz.
La idea promovida por un grupo de líderes sociales, empresariales y académicos se ha denominado: “Evolución Colombia, Un Horizonte Compartido”. Una iniciativa que nos invita a construir nuevas formas de observar lo que está ocurriendo en Colombia y el rol propio de los diferentes actores en esta realidad; a desarrollar nuevas relaciones de confianza y cooperación entre personas y sectores sociales, económicos, políticos y culturales; y desarrollar nuevas capacidades en el país para definir estrategias y acciones colectivas que permitan cambios duraderos y sostenibles en las situaciones complejas que afrontamos.
El reto está en tener la capacidad de poner entre paréntesis lo que hasta hoy han sido nuestras posturas y paradigmas, como diría Husserl –suspender el juicio- y ver las cosas tal como se nos dan; obligarnos a ver la misma cosa desde la perspectiva del otro y de los otros (repito sin hacer juicios) y tratar de comprender su postura, confrontándola con la propia. Esta dinámica nos pone en la cima de nuestra interpretación y nos amplia el horizonte de nuestra mirada, permitiéndonos una reinterpretación de esa realidad, descubriendo nuevas cosas que nos posibilitan una re-creación del mundo que tenemos hacia lo que queremos.
En estos momentos, en que el agotamiento por las acciones dispersas en distintos sectores frente a un mismo tema, viene reclamando la necesidad de actuar en conjunto con un propósito común –de quienes hacen parte de un mismo gremio o actividad económica, social o cultural- esta iniciativa cae muy bien. Sin embargo ¿Qué nos asegura que esto no terminará en un documento más con buenas intenciones de cambio? o ¿para qué una agenda más si ya tenemos muchas? Son preguntas apenas obvias en una sociedad que pasa permanentemente por el desencanto de sus ilusiones y en donde la desconfianza e indiferencia se han vuelto parte de nuestra forma de ser.
Con respecto a la primera pregunta, los promotores de esta iniciativa aseguran que no se trata de terminar en una proclama o un ‘valioso’ documento con recomendaciones y directrices. Se trata de ponernos de acuerdo en uno, dos o tres asuntos estratégicos de la región y del país, que podamos desarrollar en un tiempo definido y que muestre resultados concretos. La respuesta a la segunda pregunta esta relacionada con la primera, tenemos muchas agendas porque hemos sido incapaces de ponernos de acuerdo; somos desconfiados con ‘el otro’, con aquel que piensa e interpreta el mundo de una manera distinta a la propia.
¿Será que podemos los Santandereanos ponernos de acuerdo en una Agenda Regional Común? ¿Podremos encontrar un punto de encuentro y equilibrio entre la Competitividad y la Justicia Social?
Nota: los promotores de esta iniciativa son: El Centro de Liderazgo y Gestión; Fescol y Redepaz.
El trabajo con las Organizaciones sociales tiene mucho de gratificante pero también genera algo de frustración.
Gratificación por el sinnúmero de buenas ideas que se generan procurando, por medio de proyectos, ayudar a las personas a llevar una vida mejor en casi todos los ámbitos de la vida humana: el arte, lo ambiental, la economía, la espiritualidad, la educación, la salud, etc; y que inciden sobre grupos específicos: niños, jóvenes, adultos, ancianos, mujeres, hombres, campesinos, estudiantes, etc., teniendo en cuenta sus necesidades y características particulares. La frustración se da porque los recursos de las ONG son limitados y su incidencia política muy precaria, en consecuencia los proyectos quedan truncados, no hay continuidad y en poco tiempo se ‘pierden’ los esfuerzos que mucha gente ha invertido durante muchos años.
Por otro lado están las empresas, gremios y sectores de la academia, quienes también producen grandes reflexiones en torno al desarrollo y plantean propuestas para aumentar la productividad, mejorar la competitividad y consolidar los mercados. Es una visión del Desarrollo que privilegia el crecimiento económico, basado en la lógica de que el aumento en la producción y la expansión de mercados lleva consigo el aumento en el empleo, lo que se traduce en incremento del ingreso y en consecuencia mejoramiento de la calidad de vida. Este Horizonte del desarrollo –muchas veces- no permite ver los que reclaman las organizaciones sociales: mayores oportunidades, justicia social, protección de los derechos humanos, protección del medio ambiente, etc.
Aunque los gremios, empresarios y academia tienen mayor incidencia política, muchas veces sus buenos oficios por un desarrollo sostenible y la responsabilidad social, se truncan y no trascienden la etapa de formulación de planes y proyectos, por la falta de voluntad política y el interés inmediatista de nuestros gobernantes. Es por eso que quienes acceden a cargos públicos y tienen el Poder de tomar decisiones que inciden en la calidad de vida de las personas, y en consecuencia en el Desarrollo de una ciudad o región, tienen mayor responsabilidad social.
Sin embargo, la mayoría de estos personajes actúan en la lógica del reparto burocrático y el pago de favores que los lleva a ignorar el sinnúmero de propuestas que surgen desde los otros sectores: organizaciones sociales, academia y gremios. Esto se hace evidente en el hecho de que quien gobierna no sigue un plan de Desarrollo sino una lista de proyectos – dispersos y fraccionados- para cumplir promesas de campaña; proyectos que no se diseñan como solución de un problema sino en función de un presupuesto y de un grupo de personas a quienes se les debe asignar.
Si queremos un Desarrollo integral, donde haya un equilibrio entre el crecimiento económico, el mejoramiento de la calidad de vida, el respeto por los derechos humanos y el cuidado de la naturaleza, se debe procurar una ‘sinapsis’ entre los diferentes sectores que lo impulsan: empresarios, academia, organizaciones sociales y necesariamente el gobierno, para que las ideas no se conviertan en simples pompas de jabón sino que se concreten en políticas publicas que beneficien a todos y satisfagan el interés general.
Gratificación por el sinnúmero de buenas ideas que se generan procurando, por medio de proyectos, ayudar a las personas a llevar una vida mejor en casi todos los ámbitos de la vida humana: el arte, lo ambiental, la economía, la espiritualidad, la educación, la salud, etc; y que inciden sobre grupos específicos: niños, jóvenes, adultos, ancianos, mujeres, hombres, campesinos, estudiantes, etc., teniendo en cuenta sus necesidades y características particulares. La frustración se da porque los recursos de las ONG son limitados y su incidencia política muy precaria, en consecuencia los proyectos quedan truncados, no hay continuidad y en poco tiempo se ‘pierden’ los esfuerzos que mucha gente ha invertido durante muchos años.
Por otro lado están las empresas, gremios y sectores de la academia, quienes también producen grandes reflexiones en torno al desarrollo y plantean propuestas para aumentar la productividad, mejorar la competitividad y consolidar los mercados. Es una visión del Desarrollo que privilegia el crecimiento económico, basado en la lógica de que el aumento en la producción y la expansión de mercados lleva consigo el aumento en el empleo, lo que se traduce en incremento del ingreso y en consecuencia mejoramiento de la calidad de vida. Este Horizonte del desarrollo –muchas veces- no permite ver los que reclaman las organizaciones sociales: mayores oportunidades, justicia social, protección de los derechos humanos, protección del medio ambiente, etc.
Aunque los gremios, empresarios y academia tienen mayor incidencia política, muchas veces sus buenos oficios por un desarrollo sostenible y la responsabilidad social, se truncan y no trascienden la etapa de formulación de planes y proyectos, por la falta de voluntad política y el interés inmediatista de nuestros gobernantes. Es por eso que quienes acceden a cargos públicos y tienen el Poder de tomar decisiones que inciden en la calidad de vida de las personas, y en consecuencia en el Desarrollo de una ciudad o región, tienen mayor responsabilidad social.
Sin embargo, la mayoría de estos personajes actúan en la lógica del reparto burocrático y el pago de favores que los lleva a ignorar el sinnúmero de propuestas que surgen desde los otros sectores: organizaciones sociales, academia y gremios. Esto se hace evidente en el hecho de que quien gobierna no sigue un plan de Desarrollo sino una lista de proyectos – dispersos y fraccionados- para cumplir promesas de campaña; proyectos que no se diseñan como solución de un problema sino en función de un presupuesto y de un grupo de personas a quienes se les debe asignar.
Si queremos un Desarrollo integral, donde haya un equilibrio entre el crecimiento económico, el mejoramiento de la calidad de vida, el respeto por los derechos humanos y el cuidado de la naturaleza, se debe procurar una ‘sinapsis’ entre los diferentes sectores que lo impulsan: empresarios, academia, organizaciones sociales y necesariamente el gobierno, para que las ideas no se conviertan en simples pompas de jabón sino que se concreten en políticas publicas que beneficien a todos y satisfagan el interés general.
La reciente publicación sobre su experiencia como secuestrados, de los tres norteamericanos que sufrieron ese tormento, ha despertado el morbo y la curiosidad de millones de personas en Colombia y el mundo entero, por algunas traducciones del texto fuera de su contexto.
Los que saben de lecto-escritura dicen que todo texto tiene un contexto, es decir unas circunstancias y situaciones que rodean al texto - y de paso aclaro que texto no es solo lo que esta escrito sino todo aquello que se puede leer, es decir cualquier situación de la vida humana o cualquier cosa a la que se le otorga sentido.
La lectura del cautiverio por parte de quienes vivieron la experiencia no es la misma que hace aquel que se entera de ello por una referencia noticiosa, un rumor o una novela. Incluso para quienes sufren la misma experiencia, ella misma puede tener interpretaciones diferentes de acuerdo con su propia historia de vida. Algo similar ocurre cuando se lee una novela; el sentido de las situaciones, los personajes y relaciones que se expresan en el texto tienen una significación diferente para quien la escribió y otra para cada lector dependiendo de la cultura y algunos aspectos de su propia biografía. Recordemos que el orden del mundo es una expresión de la manera como funciona nuestro cerebro y no al contrario, y que aquello que llamamos “el mundo” es en realidad una ‘representación’ del mundo.
Teniendo en cuenta que los secuestrados son personas a quienes se les ha privado, de manera violenta, de su libertad y que este solo hecho genera reacciones emocionales y sicológicas diferentes en cada uno y si adicionalmente agregamos a esta situación traumática la obligación de compartir su cautiverio con otras personas, con quienes no se tiene nada en común más que esa desdichada suerte, y además estan obligados a permanecer en un ambiente geográficamente difícil, húmedo, caluroso, lleno de bichos, sin comida, en medio de animales peligrosos, con la sensación de una muerte inminente por algún bombardeo y un entorno social altamente hostil, rodeado de personajes que permanentemente los amenazan, les apuntan con fusiles, los encadenan y les hacen vivir una vida peor que la de cualquier mascota urbana, resulta un deber y un imperativo moral para los colombianos comprender esta situación, antes de hacer juicios de valor sobre cualquier comportamiento, pues el secuestro no es un Reality Show.
En un ‘reality’ las personas conocen de antemano los riesgos y las situaciones a las que se someten y se vinculan libremente, es una opción. La vida cotidiana de los participantes es monitoreada las 24 horas para un público curioso de la intimidad de los otros, los protagonistas son sometidos a pruebas y situaciones inverosímiles con el fin de provocar emociones que generen conflictos en la convivencia y, en consecuencia, aumentar el ‘rating’, pues su finalidad es solo comercial.
Pero el secuestro es una tragedia para quien lo sufre y un drama para sus familiares y amigos, y sin embargo los medios de comunicación se aprovechan de la disposición al morbo y la doble moral de muchas personas, haciendo el papel de aquellas señoras rezanderas que critican a la prostituta que, en medio de su dolor, acude a la iglesia buscando reconciliación y que solo encuentra su discriminación.
Los que saben de lecto-escritura dicen que todo texto tiene un contexto, es decir unas circunstancias y situaciones que rodean al texto - y de paso aclaro que texto no es solo lo que esta escrito sino todo aquello que se puede leer, es decir cualquier situación de la vida humana o cualquier cosa a la que se le otorga sentido.
La lectura del cautiverio por parte de quienes vivieron la experiencia no es la misma que hace aquel que se entera de ello por una referencia noticiosa, un rumor o una novela. Incluso para quienes sufren la misma experiencia, ella misma puede tener interpretaciones diferentes de acuerdo con su propia historia de vida. Algo similar ocurre cuando se lee una novela; el sentido de las situaciones, los personajes y relaciones que se expresan en el texto tienen una significación diferente para quien la escribió y otra para cada lector dependiendo de la cultura y algunos aspectos de su propia biografía. Recordemos que el orden del mundo es una expresión de la manera como funciona nuestro cerebro y no al contrario, y que aquello que llamamos “el mundo” es en realidad una ‘representación’ del mundo.
Teniendo en cuenta que los secuestrados son personas a quienes se les ha privado, de manera violenta, de su libertad y que este solo hecho genera reacciones emocionales y sicológicas diferentes en cada uno y si adicionalmente agregamos a esta situación traumática la obligación de compartir su cautiverio con otras personas, con quienes no se tiene nada en común más que esa desdichada suerte, y además estan obligados a permanecer en un ambiente geográficamente difícil, húmedo, caluroso, lleno de bichos, sin comida, en medio de animales peligrosos, con la sensación de una muerte inminente por algún bombardeo y un entorno social altamente hostil, rodeado de personajes que permanentemente los amenazan, les apuntan con fusiles, los encadenan y les hacen vivir una vida peor que la de cualquier mascota urbana, resulta un deber y un imperativo moral para los colombianos comprender esta situación, antes de hacer juicios de valor sobre cualquier comportamiento, pues el secuestro no es un Reality Show.
En un ‘reality’ las personas conocen de antemano los riesgos y las situaciones a las que se someten y se vinculan libremente, es una opción. La vida cotidiana de los participantes es monitoreada las 24 horas para un público curioso de la intimidad de los otros, los protagonistas son sometidos a pruebas y situaciones inverosímiles con el fin de provocar emociones que generen conflictos en la convivencia y, en consecuencia, aumentar el ‘rating’, pues su finalidad es solo comercial.
Pero el secuestro es una tragedia para quien lo sufre y un drama para sus familiares y amigos, y sin embargo los medios de comunicación se aprovechan de la disposición al morbo y la doble moral de muchas personas, haciendo el papel de aquellas señoras rezanderas que critican a la prostituta que, en medio de su dolor, acude a la iglesia buscando reconciliación y que solo encuentra su discriminación.
Para quienes tenemos la profunda convicción de que las cosas en Bucaramanga y su área metropolitana pueden mejorar, cada vez que escuchamos hablar sobre la posibilidad de desarrollar un programa de cultura ciudadana serio, coherente, metódico y sistemático, nos emocionamos con hacer realidad esa idea de que el desarrollo socio-cultural camine de la mano con el crecimiento económico y urbano en que se suelen empeñar nuestros gobernantes.
Sin embargo, también estamos acostumbrados a sentirnos desoídos y en consecuencia defraudados al seguir constatando que los temas que competen, de manera específica, al desarrollo social tienen poco espacio y poco peso en la visión de corto plazo de nuestros mandatarios locales; por eso la cultura ciudadana se ha dejado como un asunto de legos, personas sin conocimiento del tema y que guiados por el sentido común lo único que se les ocurre es recurrir a los lugares comunes, poner mimos y payasos en el espacio público, hacer burdas representaciones sobre las consecuencias del consumo de alcohol mientras se conduce o pintar fachadas de casas y escuelas.
Un buen programa de Cultura Ciudadana requiere una investigación previa, una caracterización de nuestros actores locales, pues el ciudadano de Bucaramanga no es el mismo de Bogotá o Medellín; ni siquiera quienes vivimos en la misma ciudad poseemos idénticas características socio-culturales. La ciudad tiene sectores que se diferencian entre si por las actividades que allí se desarrollan: no es lo mismo el sector comercial de la quebrada seca entre carreras 12 hasta la 17 –y sus habituales usuarios- que los centros comerciales de cabecera, por citar un ejemplo. Tampoco los espacios tienen usos homogéneos, pues estos varían según la hora y los actores que por allí circulan: una cosa son los parques en la mañana con vendedores y lustrabotas; otra por la tarde con pensionados y palomas; otra por la noche con prostitutas y habitantes de la calle.
Ya no es posible seguir ejecutando ‘proyecticos’ de cultura ciudadana, fragmentados y dispersos, basados en el viejo paradigma educativo que se centraba en la enseñanza e ignoraba al sujeto que aprende. Según ese viejo paradigma, desterrado de los centros educativos desde hace tiempo, si lo que se enseña es lo correcto y se usa el método adecuado y - aun así- la persona no aprende es porque es Bruto; y es así como se han venido justificando los fracasos en esta materia: calificando de ‘bruto’ al inocente ciudadano que requiere de formación.
Por el estado en que estamos y con la puesta en marcha de Metrolínea, Bucaramanga y el área metropolitana requieren urgente un programa de Cultura Ciudadana serio y coherente, basado en el reconocimiento del ciudadano según su condición y rol: niños, jóvenes, estudiantes, trabajadores, amas de casa, pensionados, comerciantes –formales e informales- funcionarios, agentes de policía, habitantes de la calle; y según sus características: dónde vive, cómo vive, cómo aprende, como incide su comportamiento en la convivencia global, etc. Para ello se necesitan estrategias definidas según el público, pero por sobre todo, una visión de mediano y largo plazo en la idea del Desarrollo de nuestra ciudad y región.
Sin embargo, también estamos acostumbrados a sentirnos desoídos y en consecuencia defraudados al seguir constatando que los temas que competen, de manera específica, al desarrollo social tienen poco espacio y poco peso en la visión de corto plazo de nuestros mandatarios locales; por eso la cultura ciudadana se ha dejado como un asunto de legos, personas sin conocimiento del tema y que guiados por el sentido común lo único que se les ocurre es recurrir a los lugares comunes, poner mimos y payasos en el espacio público, hacer burdas representaciones sobre las consecuencias del consumo de alcohol mientras se conduce o pintar fachadas de casas y escuelas.
Un buen programa de Cultura Ciudadana requiere una investigación previa, una caracterización de nuestros actores locales, pues el ciudadano de Bucaramanga no es el mismo de Bogotá o Medellín; ni siquiera quienes vivimos en la misma ciudad poseemos idénticas características socio-culturales. La ciudad tiene sectores que se diferencian entre si por las actividades que allí se desarrollan: no es lo mismo el sector comercial de la quebrada seca entre carreras 12 hasta la 17 –y sus habituales usuarios- que los centros comerciales de cabecera, por citar un ejemplo. Tampoco los espacios tienen usos homogéneos, pues estos varían según la hora y los actores que por allí circulan: una cosa son los parques en la mañana con vendedores y lustrabotas; otra por la tarde con pensionados y palomas; otra por la noche con prostitutas y habitantes de la calle.
Ya no es posible seguir ejecutando ‘proyecticos’ de cultura ciudadana, fragmentados y dispersos, basados en el viejo paradigma educativo que se centraba en la enseñanza e ignoraba al sujeto que aprende. Según ese viejo paradigma, desterrado de los centros educativos desde hace tiempo, si lo que se enseña es lo correcto y se usa el método adecuado y - aun así- la persona no aprende es porque es Bruto; y es así como se han venido justificando los fracasos en esta materia: calificando de ‘bruto’ al inocente ciudadano que requiere de formación.
Por el estado en que estamos y con la puesta en marcha de Metrolínea, Bucaramanga y el área metropolitana requieren urgente un programa de Cultura Ciudadana serio y coherente, basado en el reconocimiento del ciudadano según su condición y rol: niños, jóvenes, estudiantes, trabajadores, amas de casa, pensionados, comerciantes –formales e informales- funcionarios, agentes de policía, habitantes de la calle; y según sus características: dónde vive, cómo vive, cómo aprende, como incide su comportamiento en la convivencia global, etc. Para ello se necesitan estrategias definidas según el público, pero por sobre todo, una visión de mediano y largo plazo en la idea del Desarrollo de nuestra ciudad y región.
La idea del subdesarrollo esta supeditada a una noción del desarrollo como crecimiento, y específicamente como crecimiento económico; es decir una imagen asociada al desarrollo tecnológico aplicado a los procesos de producción al margen de las condiciones culturales del entorno y la calidad de vida de las personas que habitan ese entorno. Yo pensaba que esta concepción del Desarrollo, superada hace decenios por los mismos economistas, estaba totalmente desterrada de estas latitudes empeñadas en desarrollarse. Desafortunadamente aun nos gobierna la idea de una modernización sin modernidad; es más, les importa un bledo la modernidad (pues para estos casos es mejor el lastimero discurso motivador de la posmodernidad).
Es increíble que aun pensemos el Desarrollo como algo que esta fuera de nosotros, lejano y difícil; algo que debemos alcanzar a toda costa y a todo costo; que a su vez avanza y nos deja rezagados. Quizá por esto, no sorprende escuchar algunas voces autorizadas, y otras menos pero con más poder, decir que Bucaramanga tiene veinte años de atraso en su desarrollo vial o urbano. ¿Este atraso es con relación a quien o a qué? ¿Dónde esta el punto que define el desarrollo en una línea de tiempo?
Esta idea de que no somos lo que deberíamos ser en comparación con otros (ausentes y lejanos), es justamente la barrera mental que no nos permite descubrir lo que somos, creer en nosotros mismos y generar condiciones que posibiliten nuestro desarrollo humano en función de la calidad de vida; por eso cada que enfrentamos un problema se escucha decir que ‘se traerán los mejores expertos internacionales’. Desafortunadamente, esto no pasa solo en el ámbito de la política y la economía, es una condición mental de la cultura que se ve en casi todas las esferas de la vida. Algunos ejemplos:
Nuestros futbolistas solo son buenos si son pretendidos y vendidos a algún club extranjero; si permanecen aquí siempre se les considerara mediocres. Sin embargo, aun cuando jueguen en el exterior, si se les llama a integrar la selección Colombia de entrada saben que no se les puede ganar a Argentina, Brasil y Uruguay y frente a los demás harán su mejor esfuerzo, pero no prometen nada, pues ellos (los otros) tienen un fútbol más desarrollado que el nuestro, dicen.
También pasa en el mundo de la música, nuestros cantantes solo son recibidos por multitudes si han triunfado en el exterior y ganan premios; incluso su consolidación como ‘gran artista’ es solo si se gana un premio anglo (Juanes ha ganado mas de una docena de grammy latinos pero según dicen solo le faltaba el anglo para ser reconocido como un artista de alto nivel).
Igual sucede en las artes, donde nuestros escritores, teatreros o cineastas, solo son leídos o vistos si ganan premios en el exterior, no importa que tan buenos nos parezcan a nosotros si no ganan nada afuera, no sirven. Incluso el mal también es de algunos académicos que repiten, interpretan y repiten lo que dicen, quisieron o querrían decir los grandes autores de la filosofía y la ciencia, por eso no le permiten a sus estudiantes opinar por si mismos si no apoyan cualquier idea en por lo menos siete citas bibliográficas.
Seguiremos sumergiéndonos en las arenas movedizas del sub-desarrollo si no comenzamos, en serio, a ver el Desarrollo como una posibilidad que surge desde nosotros.
Es increíble que aun pensemos el Desarrollo como algo que esta fuera de nosotros, lejano y difícil; algo que debemos alcanzar a toda costa y a todo costo; que a su vez avanza y nos deja rezagados. Quizá por esto, no sorprende escuchar algunas voces autorizadas, y otras menos pero con más poder, decir que Bucaramanga tiene veinte años de atraso en su desarrollo vial o urbano. ¿Este atraso es con relación a quien o a qué? ¿Dónde esta el punto que define el desarrollo en una línea de tiempo?
Esta idea de que no somos lo que deberíamos ser en comparación con otros (ausentes y lejanos), es justamente la barrera mental que no nos permite descubrir lo que somos, creer en nosotros mismos y generar condiciones que posibiliten nuestro desarrollo humano en función de la calidad de vida; por eso cada que enfrentamos un problema se escucha decir que ‘se traerán los mejores expertos internacionales’. Desafortunadamente, esto no pasa solo en el ámbito de la política y la economía, es una condición mental de la cultura que se ve en casi todas las esferas de la vida. Algunos ejemplos:
Nuestros futbolistas solo son buenos si son pretendidos y vendidos a algún club extranjero; si permanecen aquí siempre se les considerara mediocres. Sin embargo, aun cuando jueguen en el exterior, si se les llama a integrar la selección Colombia de entrada saben que no se les puede ganar a Argentina, Brasil y Uruguay y frente a los demás harán su mejor esfuerzo, pero no prometen nada, pues ellos (los otros) tienen un fútbol más desarrollado que el nuestro, dicen.
También pasa en el mundo de la música, nuestros cantantes solo son recibidos por multitudes si han triunfado en el exterior y ganan premios; incluso su consolidación como ‘gran artista’ es solo si se gana un premio anglo (Juanes ha ganado mas de una docena de grammy latinos pero según dicen solo le faltaba el anglo para ser reconocido como un artista de alto nivel).
Igual sucede en las artes, donde nuestros escritores, teatreros o cineastas, solo son leídos o vistos si ganan premios en el exterior, no importa que tan buenos nos parezcan a nosotros si no ganan nada afuera, no sirven. Incluso el mal también es de algunos académicos que repiten, interpretan y repiten lo que dicen, quisieron o querrían decir los grandes autores de la filosofía y la ciencia, por eso no le permiten a sus estudiantes opinar por si mismos si no apoyan cualquier idea en por lo menos siete citas bibliográficas.
Seguiremos sumergiéndonos en las arenas movedizas del sub-desarrollo si no comenzamos, en serio, a ver el Desarrollo como una posibilidad que surge desde nosotros.